23 noviembre 2006

La muerte de los kiliwas

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En este mundo al revés, como lo nombra Galeano, ya pocas noticias calan hasta el escalofrío. Nos hemos insensibilizado tanto a punta de bombardeos, violencia y escándalos de todo tipo, que ya no somos capaces de distinguir esa pequeña llama que se extingue, inexorable y lentamente: nuestro sentido de pertenencia a la humanidad.

Reproduzco aquí una nota de Antonio Heras, corresponsal de La Jornada en Baja California.


"Firman kiliwas pacto etnocida ante el desamparo del gobierno panista

Acordaron dejar de reproducirse, ante la carencia de servicios y el despojo de tierras

Antonio Heras, corresponsal.

Ensenada, BC., 20 de noviembre 2006. Con una población de apenas 54 personas, sólo cinco hablantes de su lengua original, los kiliwas acordaron dejar de reproducirse. Es un pacto de muerte para extinguirse como etnia nativa de Baja California, cansados de las injusticias históricas, principalmente el despojo de sus tierras y la indiferencia gubernamental.

Elías Espinoza, jefe kiliwa, dio a conocer esa decisión y argumentó que cada día es más difícil su supervivencia, porque carecen de los servicios elementales, como agua, centros de salud, escuelas y energía eléctrica, aunque hay postes para el tendido.

La indígena cucapá Hilda Hurtado, familiar política de Elías, comentó vía telefónica que dicho pacto es una decisión respetable que tomaron los kiliwas ante la desesperación por estar olvidados del gobierno. "Nosotros (cucapás) siquiera tenemos la pesca, con todos los problemas que existen por la veda de la curvina y las prohibiciones para pescar en un lugar que nos pertenece, pero ellos no tienen nada", señaló, y se solidarizó con la etnia hermana.

En la actualidad, en territorio bajacaliforniano existen cinco grupos indígenas nativos: los cucapás, que habitan la zona aledaña al delta del río Hardy, en el mar de Cortés, mientras el resto se localiza en varias comunidades principalmente del municipio de Ensenada, en la parte alta de la península de Baja California. Los kumiai residen en San José de la Zorra, los pai pai en Santa Catarina, los cochimís en La Huerta y los kiliwas en el ejido Arroyo de León, en la región serrana de San Pedro Mártir.

En el sur de Ensenada hay otros grupos de indígenas (mixtecos, zapotecos, nahuas, triques y tzotziles) que han emigrado a la entidad y laboran en los campos agrícolas de San Quintín. Se estima que son poco más de mil jornaleros. A diferencia de los nativos, los miembros de esos grupos étnicos cuentan con servicios y programas gubernamentales de desarrollo.

Provenientes de los yumamos, los kiliwas han sufrido desde tiempos inmemoriales el despojo de sus tierras. Los integrantes de la etnia se han convertido en empleados, jornaleros y migrantes; otros se dedican a la venta de artesanías. En 1970 les reconocieron, por decreto presidencial, poco menos de 27 mil hectáreas, que han ido diminuyendo gradualmente ante la ambición de familias poderosas que encontraron en la yuca y el agave productos de exportación.

De acuerdo con el Sistema Nacional de Indicadores sobre la Población Indígena de México, en 2000, mil 350 personas conformaban las cinco etnias nativas de Baja California, de las cuales 80 eran kiliwas (sólo cinco, todos mayores de 70 años de edad, son hablantes de su lengua madre); 400 pai pai, 360 kumiais, 260 cucapás y 240 cochimís.

Elías Espinoza, jefe kiliwa e hijo de la lideresa tradicional Clara Espinosa, pasa temporadas en la zona de El Mayor Indígena, en Mexicali, ya que es esposo de Mónica González, hija de Onésimo, dirigente cucapá. Ante la mirada de su hija Media Luna, se integra a la pesca y a las fricciones que tienen con las autoridades federales, las cuales les prohíben capturar especies marinas para sobrevivir.

Ricardo Rivera López, abogado de las etnias cucapá y kiliwa, explicó que el pacto de muerte de la etnia bajacaliforniana es una decisión para no continuar viviendo en la extrema pobreza, por lo que no descarta la posibilidad de interponer un recurso por etnocidio ante los organismos internacionales correspondientes.

Para el antropólogo Víctor Clark Alfaro hablar de pacto de muerte es "irresponsable" y "sensacionalista", aunque reconoció que los kiliwas únicamente lograrán sobrevivir dos generaciones más por su número de integrantes.
El también ex miembro del Consejo Consultivo de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas explicó que los miembros de dicha etnia, desde hace tiempo, dejaron de reproducirse debido a que los jóvenes emigraron a las zonas urbanas de las principales ciudades de Baja California o a Estados Unidos, donde se han enfermado de tuberculosis o se han hecho adictos a las drogas.

Clark Alfaro subrayó que el gobierno panista de Baja California "ha dejado en el olvido" a las etnias nativas de la entidad, porque no invierte lo suficiente en su desarrollo, mientras el despojo de tierras parece no tener solución, ante la inexistencia de instituciones y personas que los defiendan.

Al término del desfile cívico con motivo del 20 de noviembre, aniversario de la Revolución Mexicana, el gobernador Eugenio Elorduy se sorprendió al enterarse del pacto de muerte de los kiliwas y dijo no tener comentarios al respecto.
Cada proceso electoral los organismos comiciales instalan en el ejido Arroyo de León, donde se asientan los kiliwas, una casilla para que puedan sufragar los habitantes de una región prácticamente fantasma, cuyos habitantes han decidido dejar de existir como etnia ante la indiferencia de las autoridades.

Los últimos cinco hablantes del kiliwa, que interactúan entre ellos, son Eusebio Alvarez Espinoza, Leandro Maytorell Espinoza, José Ochurte Espinoza, Leonor Farldow Espinoza e Hipólita Espinoza Higuera. Según la Coordinación de Educación Intercultural y Bilingüe de la Secretaría de Educación Pública, dos tercios de las lenguas indígenas que se hablan en México están en peligro de extinción; una es el kiliwa.

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Esta nota, con todo y su aterradora perspectiva, no ameritó las ocho columnas ni en ese diario ni en ningún otro, pero ocupó eso sí, a pantalla completa, mis pesadillas de anoche. El interminable desierto por un lado, el mar enfrente y una ola que borraba, lamiéndola con su lengua fría, la huella de un pie en la arena.

07 noviembre 2006

El efecto mariposa

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Lo sabía. Es impresionante lo que puede suceder cuando pestañeas. El huracán que se desata al otro lado del mundo, del tiempo, del cosmos, es real. Soy testiga del prodigio.

Una no se da cuenta de las energías que es capaz de desatar sin saberlo. El reverbero del big bang resuena en nuestros genes. Las ondas expansivas de un pequeño acto viajan y viajan y en una de esas vuelven amplificadas, cargadas de luz y de misterios.

Qué miedo. Con cuánta irresponsabilidad andamos por ahí sin calcular los megatones de un si, de un no.

La loba se declara en completo estado de indefensión ante el regalo. Lampareada ante lo impredecible

Ya se puede morir y sin embargo, espera feliz que cambie la dirección del viento.